#El Salvador| La travesía de Julissa, trans salvadoreña que partió en la caravana migrante

Esta es la historia de Julissa, una chica trans salvadoreña de 27 años que decidió arriesgar su vida para salvarla. Huyendo de las maras, que la asediaban por su identidad de género, decidió embarcarse en la caravana migrante que salió de San Salvador hacia el norte el 16 de enero. Desde la Federación Salvadoreña LGBTI calculan que de 100 personas de la comunidad que abandonan el país, unas 30 desaparecen en el camino, 50 regresan y sólo 20 logran llegar a su destino: México o Estados Unidos. A Julissa no le amedrentan las cifras “Yo no me voy por progresar, yo me voy salvando mi vida”.

Por Paula Rosales, desde El Salvador

Julissa salió de su casa sin hacer ruidos. Fue una madrugada de este mes. Sus pasos eran sigilosos, temerosos. No quería alertar a sus vecinos, ni mucho menos levantar sospechas que estaba abandonando su vivienda para huir del acecho de una pandilla y abordar la caravana migrante que partió al norte de El Salvador el 16 de enero.

No exagera. Esta mujer trans de 27 años años vive en un lugar peligroso, un departamento situado al noreste del país que está bajo el dominio de las maras. La localidad tiene un nombre, pero en realidad puede ser cualquier lugar de la nación centroamericana azotada por los homicidios y la violencia.

En 2018 El Salvador registró un total de 3.340 homicidios, un promedio de 9,2 muertes diarias, según cifras oficiales de la Policía Nacional Civil. Para el cierre del año, el país registró una tasa de 50.3 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Julissa vivía en un departamento en el que asesinaron a 127 personas al final del 2018. Por eso decidió escapar en silencio, teme convertirse en una cifra más de las autoridades. Mientras caminaba decidida por las calles desoladas con sus pocas pertenencias, su objetivo era claro: se uniría a una caravana de migrantes que desea cruzar la frontera hacia Estados Unidos.

Julissa escuchó de las caravanas en las noticias y luego comenzó a preguntarse una y otra vez cómo sería irse en estas masivas movilizaciones. Pero sus ideas se quedaron en eso, hasta que el 10 de diciembre de 2018, lo decidió:

—Ese día llegó uno de los pandilleros a pedirme 100 dólares, pero yo le dije que no tenía. En otras ocasiones cuando me pedían, yo no les había negado, entonces él me dijo que de la próxima advertencia no me salvaba —cuenta a Presentes.

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En el fondo Julissa está triste porque no tiene más remedio que renunciar a su casa, a su trabajo como vendedora informal de champú, lociones y productos de belleza, a sus clientes, a su vida. Los mareros le están exigiendo más dinero que el que podía darles.

—Ellos están viviendo del sudor nuestro y yo no aguanto, ya tengo como nueve años de estar en esa historia, ya no aguanto, tengo que emigrar.

Pan, circo y LGBTodio

Julissa creció junto a su madre, su abuela y unas tías en un lejano pueblo rural al noreste del país, dedicado al cultivo de maíz y café. Al cumplir 18 años, inició su transición y con ello se ganó el rechazo de su madre y los golpes constantes de una tía. Se defendió, por lo que fue denunciada ante la policía por maltrato familiar y encarcelada. Al salir de prisón le informaron que tenía una orden de alejamiento de la vivienda de su familia, así que sin tener un lugar donde ir, le pidió albergue a una amiga.

Para su sorpresa, su amiga le comentó que el humilde circo Linda Luz de América estaba por llegar al pueblo y que ahí podía encontrar un trabajo y tener una cama donde dormir. Sin experiencia previa y sin alternativas, tomó el consejo.

Durante cinco meses, Julissa bailó e imitó a las artistas del género Tex-Mex, Selena y Ana Bárbara, dos de sus artistas favoritas. Su sueldo rondaba los cuatro y seis dólares por presentación. El monto dependía de si ella bajaba de la tarima y caminaba hacia el graderío para interactuar con al público, de lo contrario, solamente ganaba cuatro dólares. Pese a las burlas y risas del público, ella siempre bajó de la tarima.

—Cuando el circo se movía hacia otros pueblos no los pagaban y era cuando más trabajamos. En ese tiempo yo adelgacé de 180 a 90 libras, comía muy poco o había días que no comía nada, era un gran maltrato —recuerda.

Según estimaciones de la Federación Salvadoreña LGBTI, en el país existe una cifra no oficial de 5 mil hombres y mujeres trans en una nación de más de seis millones de habitantes. La comunidad trans no cuenta con una ley de protección y acceso laboral, por lo que muchas de las personas deben emplearse en el sector informal, el trabajo sexual o están desempleadas.

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Un día, cuando Julissa terminó su función, un espectador del circo se le acercó y le dijo que estaba enamorado de ella. Al principio ella dudó, pero él insistió tanto que Julissa renunció al circo y comenzó una vida junto a su pretendiente.

—Fueron los mejores siete años de mi vida. Él me enseñó qué significaba tener una familia. Salimos adelante a pesar del rechazo de su familia, logramos construir una casa y fuimos felices hasta que comenzaron las amenazas de muerte —expresó, mientras baja la mirada triste y se frota las manos.

Las amenazas de la Mara Salvatrucha (MS-13) comenzaron en 2016. Los pandilleros llegaron hasta la casa de la pareja y les dijo que en su territorio no querían a los “culeros”, que era una deshonra para la pandilla que ese tipo de personas estuvieran cerca de ellos.

Las maras son estructuras verticales y machistas que operan al margen de las autoridades. En los barrios controlan, bajo amenaza de muerte, a las personas, extorsionan a los negocios y venden droga a pequeña escala.

El gobierno del izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) mantiene una ofensiva contra las pandillas con miles de policías y militares en las calles.

—El muchacho (pandillero) que me llamaba me decía: Voy a disfrutar ir a tu casa y pegarles un morterazo (disparo) en la cabeza. Yo le decía que por qué me iban a matar si no les había hecho nada y me dijo que eso (tener homosexuales en el territorio) era bajo para ellos.

Para salvaguardar su vida, la pareja tuvo que separarse. Julissa volvió a vivir sola y durante dos años se dedicó por completo a su venta de productos de belleza y a jugar fútbol en el equipo femenino Atlético Fénix, donde llegó a ser capitana. Entonces, los pandilleros volvieron a llegar a la puerta de su casa para exigirle el dinero, que ella no podía pagar.

Caravanas migrantes: “no queremos viajar con homosexuales”

Los éxodos de personas hasta los Estados Unidos, que se han organizado a través de las redes sociales y grupos de chat de WhatsApp, saltaron a la luz desde octubre de 2018, cuando miles de hondureños decidieron abandonar su país para escapar de la pobreza y la violencia. Días más tarde, un nutrido grupo de salvadoreños les siguió los pasos. El numeroso grupo de personas, entre los que viajan decenas de niños, levantó las alarmas de la Casa Blanca y el mismo presidente Donald Trump ordenó la militarización de la frontera sur para impedirles el paso. Desde entonces, el mandatario también le exige al Congreso estadounidense financiar un muro de contención.

Las amenazas de Trump no han detenido el flujo de las caravanas, que también ha complicado a los gobiernos de México y del llamado Triángulo Norte de Centroamérica, integrado por Guatemala, Honduras y El Salvador.

Cifras oficiales del gobierno salvadoreño estiman que en cinco caravanas han migrado 2.700 personas, de los cuales han regresado 600 por su propia cuenta y otros tres han fallecido por diversas causas.

Los movimientos no cesan, pese a las advertencias y mensajes de las autoridades locales y estadounidenses. Julissa es una de ellas y se arriesgó a preguntar en uno de los grupos de chat organizadores sobre los detalles del viaje.

-Yo hice una pregunta para saber cuántas mujeres transgénero iban en la caravana, porque yo soy una de ellas, y bastante gente en el grupo pedían que eliminaran mi número por ser trans, cuenta.

Su consulta desató una ola de críticas e insultos. Entre las respuestas fue que el chat era un grupo serio y que no estaban de acuerdo en hacer el viaje junto a homosexuales.

—Después de las reacciones yo me sentí desanimada, no entendí por qué decían esas cosas. Si todos somos humanos

Pero ella estaba decidida a abandonar el país.

Julissa recorrió 130 kilómetros en el autobús que la trasladó desde su municipio de residencia hasta la capital, San Salvador, un lugar en el que no había estado nunca. Bajó de la unidad cuando el sol estaba en su máximo esplendor y caminó sobre el asfalto caliente de la desconocida ciudad.

Durante el trayecto fue preguntando cómo llegar a la plaza de El Salvador del Mundo, el monumento más icónico del país, y punto de reunión de las personas que deciden integrar a las caravanas rumbo a los Estados Unidos.

Su equipaje es poco. Una mochila negra que lleva dentro un pantalón de lona, un rollo de papel higiénico, toallas húmedas, talco para el cuerpo, ropa interior, calcetines y un par de sandalias de baño.

Además, lleva un rosario y una imagen de la virgen de Guadalupe como protección para el viaje de más de 4.500 kilómetros hasta la frontera entre México y Estados Unidos.

“Nadie engaña a nadie para integrar las caravanas en El Salvador. Las caravanas tienen rostro de necesidades de protección, trabajo e ingresos”, comentó el director del no gubernamental Instituto Salvadoreño del Migrante (INSAMI), César Ríos.

La noche ha caído, las estrellas vuelven a tiritar en el cielo, el frío golpea con fuerza y Julissa está sentada al pie de un monumento el Salvador del Mundo junto a otra decena de migrantes, que, a la intemperie, esperan la hora para emprender su viaje.

—Quizá esta noche no podré dormir, hace mucho frío, tengo miedo que alguien venga y nos robe las cosas —dijo Julissa mientras pestañeaba y abrazaba su mochila.

***

Julissa y El Salvador tienen algo en común. Paradójicamente comparten el número 27. Ella tiene 27 años de edad y El Salvador celebra la misma cantidad de años del aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz, que puso fin a un conflicto armado (1980-1992) entre el Ejército y la exguerrilla del FMLN.

Además, la fecha 16 de enero en el calendario, sirve para que las autoridades conmemoren el pacto entre las fuerzas beligerantes, mientras que para Julissa el día será recordado porque emprendió su camino hacia los Estados Unidos.

—No sabía que hoy se celebra eso, quisiera que el Estado nos apoyara más, al menos que nos acompañen en el camino hacia Estados Unidos —expresó.

Muy temprano en la mañana, un incógnito organizador de la caravana pasa avisándoles a las personas que deben reunirse en una de las esquinas de la plaza para orar y recibir indicaciones.

Julissa aprovecha para acercarse a Liduvina Magarín, la viceministra para los salvadoreños en el exterior que ha llegado a tratar de desanimar a las personas que están a punto de partir.

—Los riesgos de migrar de esta manera son grandes. Se exponen a todo tipo de riesgo. Para empezar, el camino, el sol, el hambre, la enfermedad, el encontrarse también con gente que se dedica a hacer el mal, es gente que va en la misma caravana —le advirtió Magarín a Julissa, quién a su vez, le manifestó que está decidida a marcharse.

La viceministra también le expuso a Julissa los atentados que enfrentan las personas de la comunidad LGBTI, pero como ella no cedió, finalmente le pidió que se cuidara. Magarín le entregó su número de teléfono personal, le dijo que puede llamarle cuando sea.

La Federación Salvadoreña LGBTI calculan que de cada 100 personas de la comunidad que abandonan el país, unas 30 desaparecen en el camino, 50 regresan al país y solo 20 logran llegar a su destino.

Los colectivos están preocupados porque muchas personas de la comunidad terminan siendo víctimas de las redes de trata. Algunas de las víctimas son persuadidas por los traficantes de personas en bares o cervecerías, quienes les informan sobre falsas ofertas de asilo y protección en otros países.

El organizador da la orden para que los integrantes de la caravana comiencen a caminar. Julissa se cuelga su mochila negra, agarra dos garrafas de agua y comienza a caminar por la riesgosa travesía hacia los Estados Unidos.

—Yo no me voy por progresar, yo me voy salvando mi vida —dice Julissa

Fuente: Agencia Presentes, Portal Diverso Ecuador.

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