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#Colombia| “Creía que un día amanecería y tendría pene”

Quien no conozca a Valentino Ramos Domínguez y al cruzarse con él en la calle sienta una atracción súbita por su cuerpo tonificado o sus ojos color avellana, quizá jamás piense, ni siquiera por un segundo, que hace 30 años ese muchacho de 1.67 metros ganó un concurso de disfraces vistiendo un traje blanco de pastorcita, con colas largas en el cabello y mejillas ruborizadas, distantes de su actual apariencia.

Quien no conozca a Valentino nunca imaginará que sus padres lo llamaban María Isabel, la dueña del cuerpo en el que este abogado de 34 años pagó arriendo hasta el instante mismo en el que decidió mostrarse tal cual como se sentía, como siempre se sintió y como le contó a COLOR CARIBE.

Valentino, criado en su natal Puerto Colombia (Atlántico), se levantaba por las mañanas, veía su cuerpo, lo contemplaba y le decía a su mamá que era un varón, que anhelaba ser varón. “Creía que el pene me iba a crecer en cualquier momento, que un día amanecería y tendría mi pene”.

Ramos, de sexo femenino asignado al nacer, asegura que su identidad de género siempre se enrutó al masculino, lo que claramente le trajo consecuencias no deseadas.

“Al año siguiente de expresar que soñaba con ser un varón, como a los 6 años, comenzaron las terapias con los sicólogos”, recordó Valentino, quien pasó por las manos de cuatro profesionales a lo largo de su niñez y adolescencia. “La primera sicóloga creo que comprendía mi caso, por lo menos con los juguetes me daba libertad, obviamente no cogía los chocoritos ni las muñecas”.

El entendimiento de esa primera sicóloga no cayó bien en los padres de Valentino, señores de provincia que no estaban preparados para afrontar la situación de quien para ellos era la segunda de tres mujeres. “Me cambiaron de sicólogo una y otra vez, hasta que a los 14 años decidí no ir a ninguna otra terapia”.

Valentino no tenía protección en su hogar, porque no sabían cómo protegerlo, y en su comunidad se fue convirtiendo en blanco de discriminación. “En el colegio me decían arepera o candor. En noveno, una niña me tenía harto y en uno de sus matoneos la ataqué, le aruñé la cara, su familia peleó con la mía y terminé expulsado del Cisneros de Puerto Colombia”.

El sistema falló. A Valentino lo llamaban arepera -que incluso para referirse a lesbianas está mal-, porque ni siquiera comprendían que su condición no pasaba por la homosexualidad, sino por identidad género, para colmo de males, la dirección del colegio lo expulsó, no defendió su integridad y por si fuera poco, sus padres le prohibieron contacto alguno con otros contemporáneos.

Ramos perdió por todos lados, lo que ocurre con frecuencia con las personas trans, pues su expresión de género tiende a ser más notoria con respecto a otras personas LGBT.

Valentino tuvo paz cuando cursó undécimo grado, cuando le mostró a la sociedad lo que querían ver, en ese instante en el que ‘encajó’ en sus cánones, cuando inició un noviazgo con un chico. “Él era gay y nos gustamos. De cierta forma, sin ser planeado, esta relación nos ayudó a llevar las cosas de una mejor manera en nuestros entornos familiares”.

Pero Valentino no consiguió novio para darle gusto a la sociedad, para nada, simplemente sintió atracción afectiva y física, lo que no implica condicionantes de sexo, identidad o género. Es más, mientras cursó la carrera de derecho en la Universidad del Atlántico, se enamoró por primera vez de una mujer.

Ramos se graduó en 2008 y en 2009 ya residía en Bogotá, donde halló la libertad de expresión que ansiaba y su crecimiento profesional. Aunque nunca sufrió discriminación, el tema de papeles y documentos siempre resultó un problema, pues es Valentino, pero sus credenciales dicen María Isabel, otro eterno tormento de las personas trans.

“Irme a Bogotá me ayudó incluso en el vínculo con mis padres, con los que llevo una relación estable. De hecho, me llaman hijo, algo que es muy lindo: no olvidaré cuando un día en la tienda en la que trabajábamos, mi madre me dijo ‘bueno, debo llamarte hijo y acostumbrarme’, la abracé y besé”, comentó Valentino, quien comenzó su transición en 2013.

Ramos, el mismo que tomó una cuchara caliente “para quemar las piedrecitas de las tetillas y evitar que crecieran senos grandes”, es un destacado abogado con especialización en derecho internacional aplicable a conflictos armados, además es auditor en salud y experto en implementación de políticas públicas LGBT, con incidencias en decretos de ley en favor de esta población.

“Dentro de mi activismo aparece la asesoría jurídica gratuita a hombres trans”, añadió Valentino, que a pesar de su gran formación debe afrontar las limitaciones laborales de un mercado que no asume el compromiso de generar empleos a personas trans.

Un claro ejemplo de persistencia, determinación y amor propio, ese es Valentino, quien luchó con toallas sanitarias extragrandes para que los rasgos biológicos no empañaran su identidad de género, que se aferró a su sentir de la manera que pudo según la circunstancia. “Una de las cosas por las que me gustaba disfrazarme de niño era que podía ser personajes masculinos como el Power Ranger Rojo”, evocó.

“Mi vida pasó varios momentos: primero por la conciencia del cuerpo que tengo y sus realidades, de lo que yo no quería de ese cuerpo; la represión de mis padres para amoldarme a la feminidad obligada; construir mi yo en la soledad de Bogotá, quitarme los miedos y estigmas; vino la aceptación de la violencia externa; apareció la etapa transformista, marcada con el corte de cabello; y finalmente el inicio de mi transición”, finalizó Valentino.

Fuente: Diverso Ecuador, Color Caribe

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